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jueves, 2 de febrero de 2017

Me instalé en el Monte Tiantai, nadie me cuida. Ya no ocupan mi mente pensamientos vanos. Más libre que las rocas donde escribo versos, me doy, cual barco sin amarras, a los hados.
                                       Han Shan (siglo IX)

Pasaron quince días desde aquel encuentro en el Retiro; pero fue suficiente tiempo de espera. Una mañana, puse un programa en el buzón de Codorníu para remover viejos placeres intelectuales. Al domingo siguiente hacía cola ante El Prado para disfrutar de una reciente muestra de Metapintura.

Aguardé a que llegase delante del retrato de Jovellanos, de Goya, para hacerme la encontradiza; a partir de ahí, caminamos juntos por las salas. Todo lo que vimos, le sobrecogía; sobre todo la fuerza que emanaba de las imágenes religiosas de Murillo. Aunque también noté que "se le fue la olla" ante la escultura de Palas y Aracne, de Rubens...

Desde el primer momento, mi meta fue ponerle ante las Meninas, donde iniciamos una reflexión acerca del papel desempeñado por el cuadro dentro del cuadro que, algún arquetipo, siglos ha, debió "soplar" -con fines similares a los míos- al oído del artista. A Codorníu le conmovió enseguida el intento de Velázquez por trascender el espacio pictórico a fin de perpetuarse en su ausencia, cuando solo el espectador tuviera la oportunidad de estar presente. 

- En su sed de eternidad, don Diego se desdobla y deja algo de él en tierra de nadie. Se puede decir -añadió Codorníu-, que es una manera "sui géneris" de estar y no estar en el tiempo. Yo creo que...

- Así andas tú, más o menos -le corté bruscamente-, jugando a tratar de estar con un pie en el teatro, queriendo gozar de identidad propia (aunque sin sus amargas consecuencias) y con otro en el Cielo, deseando encontrarte bien; aunque no tanto como para que se difumine tu conciencia de individualidad. Espero que veas venir que esa ambigüedad te mete en un camino sin salida.

Sentí su desasosiego por mi comentario, e hice una pausa más que intencionada. Como Velázquez, también Codorníu estaba intentando volver posible lo imposible. Entender intelectualmente que la persona es ilusoria no logra pasar de la cabeza a la realidad, ya que eso significa su fin. Por decirlo en metáforas zen: Aunque ya ha visto las huellas del buey, no termina de dar con una manera directa y eficaz de encontrarlo. Una mera deducción a nivel del córtex no es suficiente empujón para cambiar creencias en el bosque profundo del subconsciente...  De hecho, no es frecuente que así suceda. Esa clase de comprensión está destinada a morir pataleando boca arriba como las cochinillas o corneando en una plaza de toros,  agotada contra su propia sombra.  Por eso le dije:
 
- Actúa con toda tu alma como si hubiera algo que puedas hacer, a pesar de que no hay nada que puedas hacer. Cuando te desplomes fracasado, rendido y entregado; convencido de lo inútil que es albergar toda esperanza de que logres algo por ti mismo... entonces -y solo entonces- estarás dejando sitio a la Presencia permanente del espejo vacío, libre de toda forma personal separada que osaba embotellarla. 

En Tal realidad ya no caben sueños ni espejismos; solo una gozosa e indivisible Paz, a cuyo paso florecen los árboles marchitos.

2 comentarios :

  1. Aunque dices "Cómo verás sigo tan chiflada como siempre", yo te encuentro encantadoramente maravillosa.
    Te lo digo, antes de que entres a comentar, ya que solo tú visitas mi blog.
    Es una buena bienvenida, ¿no te parece?

    Besos/arábica-Costa Rica.

    (Prueba el de Java, que es especial; aunque un pelín caro)

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  2. Buenos días... Otra chalada a estribor. De las experiencias más fuertes que he tenido fue una vez que pude disfrutar de un pase privado al prado. Me alejé de mi pequeño grupo y me senté en la sala, estaba sola, delante de las Meninas ¡Brutal! Te vas a reír pero sentí que me salieron alas... Será mejor que me tome mi primer café, Saleta...

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